Testigos especiales

 

El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado

Ahora bien, a todo aquel que me escuche y que se haya preguntado si somos cristianos, le expreso este testimonio. Testifico que Jesucristo es el Hijo literal y viviente de nuestro Dios literal y viviente. Este Jesús es nuestro Salvador y Redentor, quien, bajo la guía del Padre, fue el Creador de los cielos y la tierra y de todas las cosas que en ellos hay. Testifico que nació de una madre virgen, que a lo largo de Su vida efectuó grandes milagros, siendo testigos de ello muchos de Sus discípulos, así como Sus enemigos. Testifico que Él tuvo poder sobre la muerte porque era divino, pero que estuvo dispuesto a someterse a la muerte por nosotros, porque por un tiempo también Él fue mortal. Declaro que al someterse voluntariamente a la muerte, tomó sobre Sí los pecados del mundo, pagando un precio infinito por cada dolor y enfermedad, cada pena y desdicha desde Adán hasta el fin del mundo. Al hacerlo, conquistó la tumba físicamente, así como el infierno espiritualmente, y liberó a la familia humana. Testifico que literalmente fue resucitado de la tumba y que, después de ascender a Su Padre para terminar el proceso de esa Resurrección, apareció en varias ocasiones a cientos de discípulos en el Viejo y el Nuevo Mundo. Sé que Él es el Santo de Israel, el Mesías que un día volverá en su gloria final, para reinar en la tierra como Señor de señores y Rey de reyes. Sé que no hay ningún nombre dado debajo del cielo por el cual el hombre pueda salvarse, y que sólo al confiar íntegramente en Sus méritos, misericordia y gracia eterna podemos alcanzar la vida eterna.

Mi testimonio adicional en cuanto a esta gloriosa doctrina es que, en preparación para Su reinado milenario de los últimos días, Jesús ya ha venido, más de una vez, con un cuerpo físico de gloria majestuosa. En la primavera de 1820, un jovencito de catorce años, confundido por tantas de esas mismas doctrinas que aún siguen confundiendo a muchos seguidores del cristianismo, fue a una arboleda a orar. En respuesta a esa sincera oración, pronunciada a una edad tan temprana, el Padre y el Hijo aparecieron a este joven profeta José Smith como seres con cuerpos físicos glorificados. Ese día marcó el comienzo del regreso del verdadero evangelio del Nuevo Testamento del Señor Jesucristo y la restauración de otras verdades proféticas que se han enseñado desde Adán hasta el día de hoy.

Declaro que mi testimonio de estas cosas es verdadero y que los cielos están abiertos a todos aquellos que busquen esa misma confirmación. Que mediante el Santo Espíritu de la Verdad todos lleguemos a conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien [Él ha] enviado”. Que después vivamos Sus enseñanzas y seamos verdaderos cristianos de hecho, así como de palabra, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado